Una Semana Santa de interioridad y oración en Taizé para el monitorado
El 5 de marzo comenzó la cuaresma. 40 días para recapitular, detenernos, pensar, hacer oración… Hasta el 17 de abril, comienza la Semana Santa. Jueves Santo, última cena; Viernes Santo, crucifixión; Sábado Santo, vigilia y el domingo, Domingo de Resurrección. El 21 de abril, lunes de Pascua, comenzó el viaje para una buena parte del equipo de monitoras de Eskubeltz rumbo a Taizé, Francia.
Allí les aguardaba la Comunidad cristiana de Taizé, una comunidad de monjes ecuménica, que aúna diferentes vertientes del cristianismo, formada por unos 80 hermanos y conocida por ser foco de oración, vida pastoral y comunidad para miles de jóvenes –y no tan jóvenes– que pasan por allí a lo largo del año. La Semana Santa es una de las épocas del año que más gente reúne. En este caso, la segunda semana, la Comunidad de Taizé replica los ritos de esta época santa.
Las y los monitores partían rumbo a Francia con el objetivo de tener un tiempo de paz e interioridad en el que poder profundizar, cada uno a su manera, en su propia Fe. Encontrarse a sí mismos y tener un tiempo de paz, interioridad y oración. Aunque también de comunidad, en torno a 2.000 personas llenaban el campamento de Taizé entre tiendas de campaña –era el caso de los monitores–, barracones y bungalows esa semana.
Avería de un coche
El viaje fue largo, incluyó una avería que dejó a uno de los coches tirado a más de 150 kilómetros del destino. Un buen motivo para descansar más de tres horas a la espera de una grúa, no cabía mejor plan. Una vez en Taizé tras este periplo y después de la acogida por parte de una de las voluntarias de la Comunidad, comenzaba la agenda: por las mañanas, a las ocho, la primera oración del día. A esta le seguían el desayuno y una introducción bíblica con textos acordes a cada uno de los días de la semana con preguntas que invitaban a reflexionar o cuestionarse aspectos de uno mismo, su vida y su Fe.
Eso sí, todo ello de forma conjunta, un grupo de unas 100 personas de entre 18 y 35 años (ni de lejos las únicas de esas edades) divididas en grupos más pequeños. Así, cada día a las 10:00, cada monitora se separaba en un pequeño grupo y compartía su experiencia cristiana, sus pensamientos o preocupaciones con otros jóvenes de Lituania, Alemania, Francia, Reino Unido, Italia… Todo en inglés, claro, inglés chapurreado o con acentos variopintos.
Al mediodía, a las 12:20, segunda oración del día. Después comida y, durante la tarde, un momento para trabajar en apoyo a la Comunidad. Nadie sabe cómo, pero no hubo trabajo libre para las y los monitores durante toda la semana. “Mucha gente” en la Comunidad les dijeron, todo cubierto. Así, un rato para descansar antes de acudir a los talleres de la tarde. Cada día un tema diferente: una película sobre el origen de la comunidad, un taller sobre democracia y cristianismo, ecología y cristianismo…
Tercera oración del día
El día terminaba siempre con una última oración después de cenar. Cabe destacar que las oraciones en este lugar son singulares y, por ello, muy famosas. Oraciones de unos 40 minutos enteramente cantadas. Excepto dos o tres lecturas, la oración siempre se compone de mantras que un coro de 2.000 creyentes canta. Entre los hermanos de Taizé, algunos con voz angelical. Entre el coro, muchas voces no tan angelicales. Pero da igual, en un lugar así el canto siempre suena bien, aunque sea solo con ayuda de Dios.
La oración de la noche solía ser el momento idóneo para alargar ese rato a solas con Aita, Dios, y poder orar en paz. Ojos cerrados y, de fondo, Aleluya, Nunc dimitis servum tuum, Mane nobiscum, Señor, que florezca tu justicia… una infinidad de mantras, en torno a 200 diferentes, que cada persona puede seguir con un librito que se reparte en la entrada.
Allí se canta en latín, italiano, alemán, castellano, francés, esloveno… Es indiferente. Y a pesar de esa barrera de uno o varios idiomas desconocidos, uno acaba haciéndose a ello. Acaba disfrutando de la oración como si del Gure Aita se tratase. El sentimiento de acogimiento y comunidad al sentarse en el centro de aquella iglesia refuerza la creencia de todo aquel que lo busque.
Adoración a la cruz
El viernes noche se presta a quien quiera la adoración a la cruz. Esta se tumba frente al altar de una iglesia cuyo altar no es el epicentro, pues no es solamente católica, y cientos de personas hacen cola para arrodillarse ante ella y desprenderse de todo lo que le pesa. El sábado por la noche, sin embargo, cambia el paradigma. Se reparte la luz, Jesús resucita, y son niños quienes se encargan de esparcir esa primera luz que, de mano en mano, alcanza cada rincón de ese edificio internacional, plurilingüe, ecuménico… acogedor.
Es muy enriquecedor cruzarse con gente cuya forma de entender la religión es completamente diferente a la de uno. O es la misma, la católica, pero desde una perspectiva diferente, desde la literalidad, el espiritualismo o del rezo a textos que hasta la fecha uno no conocía.
Labor pastoral
Aunque la clave de todo esto reside en tres pequeñas casitas del pueblo en las que viven los Hermanos. Su vida se centra en trabajos como la alfarería, una de las pocas fuentes de ingresos de la Comunidad de Taizé, la cocina, el mantenimiento de la Iglesia… O, aunque no más importante que el resto pero sí más destacable, la labor pastoral.
Si algo diferencia a Taizé de otras comunidades es su apuesta por la vida pastoral, la apuesta de sus miembros por aunar y acoger ellos mismos en persona a todo el que quiera vivir esa experiencia. Siempre por la labor de compartir ‘de tú a tú’, en persona, una Fe que basa su existencia en el amor al prójimo. Y todo eso que diferencia a esta Comunidad es lo que la convierte en algo tan acogedor, es lo que demuestra tanto amor al prójimo.
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